viernes, 16 de marzo de 2018

MONOLOGO: SALOME UREÑA DE HENRIQUEZ

SALOME UREÑA
(Monólogo)

(Tos de entrada) 
¡Mi pobre Patria!
¡Nunca sale de una!
Y yo aquí, a mis cuarenta y seis cumplidos
con esta tos imperecedera (sutilmente vuelvo a toser)
_Madre, por favor, alcánzame un poco de agua_ (tomo agua)
con esta plaga que agrieta mi esqueleto
y contrae las paredes de mi alma
más inútil que nunca
y con tanto por hacer,
postrada en este escenario de soledad y tristeza,
acariciando al crepúsculo
que no duda en recordarme que mi reloj se quiebra.

Ya todos conocen gran parte de mi vida.
He sido más transparente que el cristal.
No vengo a hablarles de los grandes amores de mis entrañas,
¡No! De ellos estoy llena y hasta el momento complacida,
y les confieso que solo por ellos quisiera que mi reloj nunca fallara.
¡Tan solo si en mis manos estuviera el poder detener las horas!

Hoy vengo a desahogarme
¿Qué más da?
Antes de que se quiebre mi alma
paso a vaciar este dolor que me acongoja
tras la involuntaria partida de mi Pancho,
¡mi Todo!, hacia playas europeas
para sumar más rayas a sus conocimientos
¡Esas horas! ¡Tristes y pronunciadas horas!
Mismas que inminentemente me tiñeron de ausencia.

¡Le escribí tantas, pero tantas cartas!
Le daba razón de las angustias y pesares que nos abatían,
de los progresos de nuestras extensiones de sangre,
de la vehemencia de cuanto lo añorábamos,
de la soledad, de las noches largas…
¡Hasta mis largas faldas su ausencia notaban!

Respondió algunas de mis cartas,
¡Claro está!
Pero el olvido se clavó entre sus dedos
y una turbulencia se posó en su correo.
Aun así, jamás corté el hilo de esperanza que nos ataba.
Jamás le di a entender cuánto sufría
Jamás supo que la impotencia, como una daga me laceraba.
Jamás percibió que me moría de celos.
Estaba al tanto de sus pasos y devaneos
mas, por encima de todo, lo cubría con mi silencio.

Han pasado los años,
Y digo adiós a las melancolías,
a los dolores que me desgarran,
a las dudas y quejas,
al ocaso sangriento que me desdibuja.

Desde mi lecho el perdón baila en su favor.

Ya esta plaga ha contaminado mi existencia
ni sus laudes medicinales pueden arrebatar mi trayectoria
y solo pido
que no abandone a su suerte a nuestros hijos
que no se pierda el pan de la enseñanza
en nuestras féminas hambrientas
que no muera la voz de mi Patria amada.
Que no alcen sus vuelos conmigo
mientras consigo
tomar este ligero equipaje
que ha de llevarme a un nuevo destino. 

¡Yo, Mujer dulce! ¡Mujer máxima!
Poseedora de azabache cabellera, 
de encantadores luceros, y delicada silueta. 
Unas veces bohemia, otras soñadora, 
primera en cultivar las prendas escritas
con las que atentas despertamos.

Yo, Salomé, 
quien bajo el seudónimo de Herminia, como poeta me iniciara.
Yo, insigne luchadora, 
quien a pecho abierto a la mujer valoro, 
lleguen estos, mis melodiosos versos.

Profano mis ojos de luna sobre los arrecifes de mi alma.
Tomo prestado tus sueños encantados. 
Adhiero a mi carne sus melancolías, sus noches de plenilunio, 
sus valores, sus faldas largas, sus hojarascas, 
cada silbido al Altísimo frente a sus pesares, 
¡oh, mujeres dominicanas!

Hago míos su amor y anhelos, 
cada una de sus súplicas y tristezas, 
en aquellas largas horas de angustia, 
por su hogar, por sus nortes, por sus críos, 
por un amor desventurado 
¡Por su Patria!

¡A ti, madre! 
Amor de intensidad fraguada en unos versos que traspasan
las líneas sanguíneas de los tiempos.

Tras un mudo silencio, sin que nadie lo notara,
me acerqué hasta su Anacaona, 
a quien le contara mi desmesurada admiración, 
y, sin darme cuenta, ya era presa de su primitiva piel taína.

Viví en carne divina la llegada de mi primogénito.  
Me contagie del amor a “Mi Pedro”, 
tras aquella carta cargada de nata cuna.
Sentí las incógnitas de mi ¨Max¨.
Suspiro angustiada por la inocente mirada de ángel mi única flor: 
Mi pequeña Camila...

Mis más finas impresiones quedaron atrapadas en los versos del “Ave y el nido”.

En silencio me pregunto…
¿Qué no habría hecho en mi peregrinar por ofrendar a mi “Patria”?
A manos llenas la vestí de caridad y luz, 
dotando a nuestras doncellas del pan de la enseñanza, 
bajo el amparo del Maestro Eugenio María de Hostos.

¿Adónde fueron a parar mis noches de insomnio?
¿Adónde la excelsa luz en esta Atenas del Nuevo Mundo? 
¡Claro! 
Ahogaba mi voz en mis propios dolores, 
mientras con mi pluma, movida por el ángel, 
un “cantar de los cantares”, obsequiaba.

Hoy, entre las sombras y las ruinas aun subyace mi “Quisqueya”, 
aquella que aun dormida entre mi pecho late.

Yo, Salomé, 
quiero contarle que ya no existen héroes, como aquellos, 
prestos a tomar las armas, 
en cuyas gestas se inmolaran tras la Patria soñada.

Mas, aunada a sus incesantes anhelos, mano a mano, 
por ella he de seguir al frente ante “la gloria del progreso”, 
con “mi fe puesta en el porvenir”, porque es nuestro.

Y, con la fuerza embriagadora, 
desde lo imaginario de esta primavera que hoy nace, 
te ruego que me adoptes, 
acunando mi magia de educadora, mi entrega, 
mi amor a la vida, a nuestra Patria, radiando sus luces, 
preñada de otros versos bravíos.

Yo, Salomé, soy tú
¡Mujer callada! ¡Mujer serena! ¡Mujer ilustre!
Simplemente, Madre y Maestra, Mujer y Poeta.  ¡Simplemente, Salomé!
Por: Máxima Hernández.

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